Exceptuando a personajes como Samuel Colt que aseguraba: "Quien dijo que la pluma es más poderosa que la espada, es que no ha probado las armas automáticas", todos estamos bastante de acuerdo en que un buen argumento es mucho más poderoso que un ataque físico. Pero no es fácil tener un buen argumento, y sobre todo, encontrar las falacias lógicas que se entrometen y hacen que una de las dos partes no tenga tanta razón en una discusión. El problema principal de estos falsos argumentos es que muchas veces son psicológicamente muy persuasivos.
Buscando información sobre las sofismas o falacias lógicas, he encontrado un libro muy interesante, en formato digital, que resume, cataloga y ejemplifica una gran cantidad de falsos argumentos de una forma muy amena e interesante. Se trata del Diccionario de Falacias de Ricardo García Damborenea.
Se puede descargar de aquí, y ésta es la introducción:
Los argumentos sirven, como sabemos, para sostener la verdad (verosimilitud, conveniencia) de una conclusión. Con frecuencia, sin embargo, los construimos mal, con lo que su finalidad no se alcanza.
También con frecuencia, empleamos argumentos aparentes con el fin de engañar, distraer al adversario o descalificarlo. A todas las formas de argumentación que encierran errores o persiguen fines espurios, los llamamos falacias. El término procede del latín fallatia, que significa engaño, y lo empleamos como sinónimo de sofisma, palabra que acuñaron los griegos para designar el argumento engañoso.
Ya se ve que la terminología es imprecisa porque mezcla errores de razonamiento (por ejemplo una generalización precipitada), con maniobras extra-argumentales (por ejemplo un ataque personal), e incluye también los falsos argumentos que se emplean con la intención de engañar o desviar la atención (por ejemplo la falacia ad ignorantiam, la pista falsa o las apelaciones emocionales). Todos tienen una cosa en común: adoptan la apariencia de un argumento e inducen a aceptar una proposición que no está debidamente justificada. Unas veces nos engaña nuestro juicio y otras las mañas de nuestro interlocutor.
Ocurre con las falacias como con los dioses del panteón greco-romano: son tantas y con parentescos tan embrollados que cualquier intento de clasificación resulta inútil. Desde que Aristóteles redactara sus Refutaciones Sofísticas hasta hoy, no han aparecido dos libros sobre esta materia que recogieran el mismo ordenamiento. Es mucho más fácil clasificar insectos porque plantean menos problemas conceptuales y están mejor definidos. Los fallos argumentales, por el contrario, son escurridizos y ubicuos: un mismo error puede constituir varios sofismas a la vez. Aquí no vamos ni siquiera a esbozar una clasificación. Nos limitaremos a exponer las falacias más frecuentes en orden alfabético para facilitar su consulta.
